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sábado, 13 de febrero de 2016

ACERCA DEL AMOR






ACERCA DEL AMOR
 (Fragmento del artículo de 1917 Acerca del Amor)

     En nada de este mundo se ha disparatado más delirantemente que en lo tocante a la universal pasión que hizo de Romeo un memo y un asesino vulgar de Otelo.
     Yo creo que la intensidad de esta pasión está siempre en razón directa de nuestra animalidad e inversa de nuestra espiritualidad. A mayor predominio del elemento instinto, del elemento animal en nosotros, mayor amor. Para elevarse a la exaltación romántica de que se han nutrido tanto el verso y el teatro, no es necesario ser cumbre en ninguno de los atributos que dan realce a la personalidad humana: basta ser macho y vivir en un régimen social tan idiota como el presente que, después de embellecer y ensalzar y poner por las nubes, desde la escuela, al amor, lo encarcela y lo amarra y lo ahoga.
     En la mayoría de los casos, decir pasión exaltada y romántica es lo mismo que decir hambre, hambre de saciar, hambre de explayar un instinto, un poderoso instinto animal aherrojado.
     Mátese esta hambre, quítese esta secular hambre de enmedio, y el amor se acabará, y sólo quedará esa refinadísima y delicadísima flor de la espiritualidad humana que se llama amistad.





VOCABULARIO




  
  1.Disparatado= Que se ha dicho o hecho una cosa fuera de razón.

  2.Tocante= Referente a, respecto a.

  3.Memo= Tonto, simple, mentecato.

  4.Poner por las nubes= Colocar en un lugar muy prominente.

  5.Hambre= Deseo ardiente de una cosa.

  6.Saciar= Satisfacer en las cosas del ánimo.

  7.Explayar= Hacer que algo ocupe más lugar o tiempo.

  8.Aherrojado= Oprimido, subyugado, avasallado.

  9.Flor= Lo más escogido de una cosa.






lunes, 8 de febrero de 2016

GUAPERIAS






GUAPERIAS
(Artículo de 1920)



     Batlle Ordóñez se ha cubierto de gloria en estos días dándonos una prueba más de que es hombre de muchos pantalones. El cable nos cuenta, con lujo de sibaríticos pormenores (estas epopeyas gustan todavía de un modo atroz), cómo Ordóñez le partió el corazón de un balazo a su colega el diputado Beltrán, y cómo éste es, desde enero para acá, el segundo enemigo que despacha en el terreno de los caballeros. ¡Es mucho hombre este truculento y tremebundo Batlle Ordóñez! Le dan a uno ganas, ante hombres así, de darse unos porrazos en el pecho y salir cantando como gallo. ¿Quién iba a creer que allá en Montevideo, ciudad de cuya refinada cultura moderna se nos ha dicho tanto, perdura aún, fresquecito, el guapetonismo caballeresco medioeval? ¡Bendito sea Dios! Pensar que después de tanto herrerareisigmo y rodoísmo estamos todavía tan poco desbastados que no sepamos discutir ningún asunto sin caer en la grosería plebeya de los desahogos y denuestos personales y de estos desahogos y denuestos, en las bofetadas, patadas, palos, pedradas, cuchilladas o balazos...
     “Al campo don Nuño voy, -donde probaros espero...” He aquí compendiada toda nuestra psicología de relación en materia de controversias. En este particular estamos tan adelantaditos como en los felices tiempos del Cid Campeador y Diego García de Paredes.
     Pero no vayan a creer ustedes que milito entre los adversarios del duelo a la manera norteamericana. Para ellos, para los norteamericanos, el duelo es costumbre ridícula y propia sólo de latinos cabecicalientes. Lo cual no significa que entre ellos estén eliminadas las riñas cuerpo a cuerpo en que culminan, allá como aquí, los desahogos y denuestos. Lo único que ellos han hecho es suprimir el ceremonial caballeresco, pero están tan dispuestos a entrarse a trompadas o balazos con un adversario deslenguado como nuestros hermanos latinos que cultivan aún el deporte de ventilar sus diferencias en el campo de idiotez de don Nuño. Es cuestión de forma, pero tan bárbaro es el que trompea o acuchilla a su enemigo sin ceremonial, como el que lo hace a la clásica usanza caballeresca. Y puesto a escoger, por lo que a mí me toca, entre dejarme romper quijada o costilla por un bruto, y dejarme perforar el cuerpo con florete o bala en el campo del honor, prefiero lo último, forma de barbarie más atenuada, al fin y al cabo, que la plebeya riña sin ceremonial al crudo estilo americano.
     La enfermedad no está en la sábana. El mal no está en la forma, sino mucho más adentro: en la manía grotesca de asociar el honor con el daño personal inferido al adversario. Tantas bofetadas, o puñaladas, o balas, dadas o recibidas, otros tantos quintales o toneladas de honor que quedan reinvindicados. Me llamó usted necio, o pelagatos, o estafermo, o canalla, o bandido, o cualquiera de las bajas expresiones coléricas que aún quedan en nuestro poco evolucionado léxico, pues ya tengo el deber de honor de romper o dejarme romper la nariz, la quijada, una o varias costillas y, si a mano viene, el corazón. Mientras más averías físicas resulten del encuentro, más limpio y resplandeciente queda el honor y más resoplante de orgullo el vencedor. ¡Ni más ni menos que si en lugar de hombres se tratara de mulos o jabalíes! En este punto, cualquiera ve que el carrero y el mozo de cuerda coinciden, en su psicología, con el más cultivado intelecto. Mucho orgullo, muchos humos de superioridad sobre los que carecen de nuestro mismo grado de educación... y sin embargo, en las normas fundamentales de nuestra vida, en la manera de entender cosa tan alta y delicada como el honor, tan toscos, tan primitivos, tan desaforadamente mulos los unos como los otros.
     Se me objetará que hay ofensas serias y que el no tomarlas en cuenta nos presentaría como unos cobardes. Pero yo replico que el llamarme canalla, o bandido, o perro, no es tal ofensa más que en la cabeza de un tonto. Un epíteto, mientras más grosero y más sucio sea, menos me puede herir. Al que hiere en realidad, al que pone en evidencia como un ser inferior e infeliz, menos digno del odio que de la conmiseración, es al procaz adversario que me lo echa al rostro por no tener cosa mejor en su intelecto con qué defenderse. Un epíteto, como no prueba nada, como no contiene pensamiento alguno, es menos que un estornudo, sólo puede soliviantar a los que, por haber venido al mundo con la psicología de los gallos, temen perder algo si no responden materialmente, con golpes o balas, a la provocación de un imbécil.
     Pero, y si a usted, señor --se me ha dicho varias veces-- le nombran la familia o le imputan alguna acción bochornosa, ¿se va a quedar tranquilo? Y yo repondo: Sí; me quedaré tan tranquilo y tan impasible como un ladrillo. Si es verdad, mi mayor orgullo, si soy hombre que valga dos cuartos, debe ser el no rehuir las verdades, ni las agradables ni las desagradables, ni las mías ni las ajenas, por nada del mundo. Y si es mentira... vive Dios, que si yo no supiera despreciar la mentira, si yo descendiese jamás hasta el extremo de ruindad de temblarle a un embuste, ¡me ahorcaría en el acto de asco de mí mismo!
     Pero es más. Es que si verdaderamente fuésemos tan educaditos y refinaditos como alardeamos de ser desde que aprendemos cuatro paparruchas en un colegio, y tuviéramos sobre el palurdo algo más que la calidad de la ropa y el pulimento de las maneras superficiales (maneras que se le pueden enseñar a un mono en menos de un trimestre), en lugar de complacernos en el daño corporal producido al adversario, sentiríamos horror ante la sola idea de ese daño. Yo, Juan, salto al campo con Pedro y le pego o me pega. Pues bien; si yo, Juan, soy algo superior al pobre palurdo de la calle en mi sensibilidad y en mi entendimiento, es evidente que saldré siempre perdiendo. Si me pegan, por el dolor y las consecuencias de los golpes. Y si yo pego, porque me avergonzará y me dolerá como un feroz reproche el espectáculo de los golpes o heridas que le dí a mi adversario.
     ¿Quién que así piense no encuentra en sí mismo reservas de valor (el verdadero, el espiritual, el único) suficientes para no convertir jamás --aunque pase ante el vulgo por cobarde-- un conflicto de ideas, una controversia cualquiera, en un motivo de boxeo o de duelo?
     Ese mismo pendenciero Batlle Ordóñez, que en lo que va del año a despachado en el campo de don Nuño a dos de sus adversarios, ante este alto y genuino concepto del valor --del gran valor, floración del espíritu, que llevó a Tolstoy a reñir con su casta, y a San Francisco de Asís a hermanarse con el lobo y la pantera y a Cristo a llevar su mensaje de renovación social lo mismo a la casa del bueno que a la casa del malo-- se queda chiquitito. Porque ¿cuánto apuestan ustedes a que éste señor, este Pepe el Tranquilo de Montevideo que mató a Beltrán de un pistoletazo, no es en el fondo más que un cobardón infeliz que se muere de miedo al solo anuncio de que se va a decir o a creer de él tal o cual cosa?






VOCABULARIO



  1.Batlle Ordóñez= José Pablo Torcuato Batlle Ordóñez (1856-1929)= Sirvió como Presidente de la República de Uruguay en tres períodos distintos; primero interinamente del 5 de febrero de 1899 al 1 de marzo del mismo año, luego como el 19° presidente constitucional de 1 de marzo de 1903 al 1 de marzo de 1907 y más tarde como el 21° presidente constitucional del 1 de marzo de 1911 al 1 de marzo de 1915.

2.Sibaríticos= Se dice de las cosas que se hacen con placer o deleite.

3.Beltrán= Washington Beltrán Barbat (1885-1920)= Escritor, periodista, abogado y político uruguayo.

4.Truculento= Que asusta por su exagerada crueldad.

5.Tremebundo= Horrendo, que hace temblar.

6.Herrerareisigmo y rodoísmo= Refiérese a la influencia cultural de estos dos grandes de la literatura uruguaya y mundial: Julio Herrera y Reissig (1875-1910) y José Enrique Rodó (1871-1917).

7.Desbastados= Educados, sin rusticidad. Civilizados.

8.Grosería= Descortesía, falta de urbanidad, rusticidad, ignorancia.

9.Plebeya= Perteneciente al vulgo, al populacho.

10.Desahogos= Dar rienda suelta a un sentimiento o queja para aliviarse de ellos.

11.Denuestos= Injurias, afrentas o ultrajes graves.

12. "Al campo don Nuño voy"= Verso de La Venganza de Don Mendo, de Pedro Muñoz Seca, donde se satiriza el honor tradicional.

13.Cabecicalientes= Cabeciduros= Testarudos.

14.Trompadas= Golpe dado con la trompa (prolongación de la nariz de algunos animales). Usada para cargar la acción del mayor sabor posible a animalidad.

15.Deslenguado= Malhablado, insolente, lenguaraz.

16.Florete= Espada.

17.Pelagatos= Hombre pobre y desvalido y a veces despreciable.

18.Estafermo=Simplón, pelele, mequetrefe.

19.Resoplante= Envanecido, presumido, engreído.

20.Carrero= Carretero = El que guía las caballerías o los bueyes que tiran de las carretas.

21.Mozo de cuerda= Persona que se ponía antiguamente en los parajes públicos para llevar cosas de carga o para hacer algún otro mandado.

22.Procaz= Desvergonzado, atrevido.

23.Soliviantar= Mover el ánimo de alguien para inducirle a adoptar una actitud hostil.


24.Paparruchas=Tonterías, estupideces, necedades.

25.Palurdo= Se refiere despectivamente al cuerpo como algo tosco, ordinario. Persona tosca, ignorante, patán.

26.Pulimento= Mejoramiento, afinamiento, 
perfeccionamiento.


27.Pepe el Tranquilo= Figura folklórica del toreo español. Es 
el "valiente" que se para frente al toro sin moverse, como si 
no le importase nada.








jueves, 28 de enero de 2016

LUGONERIAS






LUGONERIAS
(Artículo de 1921)




     Maynard Keynes, el famoso economista inglés cuyo libro acerca del Tratado de Versalles causó sensación en todo el mundo por lo sereno e irrefutable de sus conclusiones, acaba de ser ignominiosamente reducido al silencio por el esclarecido poeta argentino señor Lugones, quien, en un largo artículo de "La Nación", del 25 de marzo, asegura indignado que Alemania puede y debe pagar la enormidad de billones que le exigen los aliados. "Lo que sabemos positivamente es que puede pagar" --exclama el gran bardo. ¿Razones que justifiquen este aserto tan arrogante? Ninguna. A menos que no se tome por tales lo que dice de que, puesto que el gobierno alemán no ha probado su incapacidad para pagar, hay que deducir de ello que sí puede pagar. ¿Cómo sabe el señor Lugones que el gobierno alemán no ha comprobado su insolvencia? Por inspiración divina será, porque, por los cables, lo que hemos alcanzado los simples mortales a saber es todo lo contrario, esto es, que Alemania se ha desgañitado pidiendo que la dejen discutir y analizar el monto de las reparaciones en relación con sus recursos y que los aliados reunidos en Londres no le permitieron ni abrir la boca.
     Pero no son ya los alemanes los que juzgan exorbitante la cifra de pago. Son ingleses, escritores ingleses de la talla y competencia de Brailsford, los que se han sublevado ante la insensatez de las reparaciones, afirmando con lujo de documentos y cifras que sólo a estadistas mediocres como los que están desgobernando el mundo ahora se les puede ocurrir el contrasentido de sacar riquezas fabulosas de un pueblo cuya terrible penuria no le permite ni siquiera atender el mantenimiento de su población. 
     Pero no hay que ser un lince en materias económicas para ver esto. ¿No es un hecho notorio que Francia e Inglaterra no han podido pagar a los Estados Unidos ni siquiera los intereses vencidos sobre sus deudas respectivas? ¿No es también un hecho que ni Inglaterra ni Francia pueden cubrir su presupuesto ordinario? Pues si Inglaterra y Francia, a pesar de ser las victoriosas y a pesar de haberse quedado con casi toda la riqueza imperial de Alemania (colonias, carbón, marina mercante, etc.), no tienen dinero y están casi en quiebra, ¿cómo diablos va a tener la vencida Alemania ese río de oro que se le exige?
     ¡Ah, señor Lugones! ¡Qué triste verle a usted --poeta, y no aliado-- atascado aún en esa germanofobia crónica que ya no sienten ni siquiera los ingleses, como no sea el puñado de jingoístas que se valen del histerismo guerrero para seguir un poco más en el poder! ¡Qué penoso contraste el que hace usted mostrándose inexorable con el pueblo vencido, en el momento mismo en que los más altos espíritus de Francia y de Inglaterra alzan las manos al cielo horrorizados ante lo que ellos, los Anatole France, los Barbusse, los Keynes, los Brailsford y los Bernard Shaw, califican de brutal y sanguinaria política de saqueo y de venganza, que está causando la ruina tanto de los vencidos como de los vencedores! ¡No elogie, por Dios, ese Tratado de Versalles, obra de jabalíes y gorilas, que ha merecido igual execración entre los ingleses, americanos y franceses sensibles a la angustia universal del momento, que entre los mismos alemanes!

                                                 +++

     Ibamos a dejar ya al señor Lugones, para pasar a otra cosa, pero no, no podemos pasar, que no todos los días se tropieza uno por ahí espectáculos tan interesantes como el que ofrece un hombre como éste, tan encumbrado por la fama, desbordándose y descoyuntándose en un mar de pueriles ingenuidades de leguleyo. Oid, oid, oid: "En cuanto a la responsabilidad de la guerra, he aquí traducido a la letra el artículo"...y cita...¿qué creerán ustedes? Pues lo consignado por los aliados mismos en un artículo del infame Tratado de Versalles. Puesto que ese Tratado lo suscribió Alemania --argulle la sibila--, he ahí confesada la culpa por la boca misma del culpable. ¡Qué bonito! ¿eh? Y temeroso de que le repliquen, como es natural, que el tratado fue impuesto a punta de bayoneta, adopta la actitud heroica y echa en cara a los vencidos el no haber seguido peleando aún después de aniquilados hasta que no quedara ni un solo varón sujeto a la ignominia de firmar por coacción. ¡Qué bonito, otra vez! ¿eh, señor Lugones? ¡Qué bonito, pero qué tontito, el suponer que tal contienda como la guerra mundial era cosa capaz de ser tomada en épico, en caballeresco, en algo así como aquello de: "Al campo, don Nuño voy, donde probaros espero...
     No, no es la guerra cosa de opereta o melodrama. Es algo más serio. Tan serio, que nos espanta ver todavía hombres de la autoridad de un Lugones participando de la superstición popular e infantil que la supone salida de la maldad de Juan o de Pedro, como cualquier lance de cinematógrafo, cuando cuesta tan poco esfuerzo mental hoy día descubrirle su origen eterno, que no es otro (enseñemos a los que no saben, o a los que fingen no saber, que es peor) que la rivalidad comercial, que conduce a los formidables y ruinosos armamentos, los que a su vez producen la guerra tan fatalmente como el pantano las miasmas. No fue el káiser el que hizo posible la guerra: fue la guerra, el estado de guerra perenne, de vil y estúpida piratería internacional en que vivimos, el que hizo posible al káiser, y el que mantiene en pie de guerra todavía cien contiendas armadas aquí y allá.
     Pero... no tiene desperdicio este ilustre señor Lugones. Una vez desatado el raudal de su elocuencia, no se conformó con desahogarse contra Alemania, sino que saltó a Rusia y la emprendió contra los comunistas, que por lo visto han llegado a ser su pesadilla. Después de repetirnos su anodino chistecito de que el socialismo es un invento alemán (y como tal debe ser mirado como cosa de Satanás), se nos descuelga con afirmaciones tan peregrinas como éstas: "No hay diferencia entre el brutal despotismo del régimen zarista y el de los maximalistas; tampoco hay diferencia entre los socialistas amarillos de Alemania y los comunistas rusos; fue una gran inmoralidad de parte de éstos el haber firmado el Tratado de Brest-Litowsk". ¿Qué les parece a ustedes de estas salidas? ¿Verdad que no merecen una réplica en serio? Pobre, desventurado régimen capitalista, cuyos defensores, aún los más conspicuos, no cuentan con cosa mayor para hacer frente al formidable empuje de las mentes de primer orden que se llaman Lenín y Trotzky y France y Rolland y Shaw, que estas insulsas, que estas infelices majaderías de colegial.
     ¡Oh el Tratado de Brest-Litowsk! ¡Cómo les habría encantado a los vampiros del capitalismo que Lenín hubiese adoptado en aquella tremenda jornada que iba a decidir los destinos de la revolución, el airesito, gentilmente heroico, de un tenor de ópera y, en lugar de su genial resolución de pasar por todo para salvar la causa, se hubiera erguido, con el gesto romántico que le gusta al señor Lugones, para echarlo todo a perder a cambio del gustazo de un efecto teatral de fin de acto! No, Lenín es algo más que un romántico vulgar de los que todavía comulgan con el embeleco cursi del fatuo honor caballeresco. Y si todavía hay en el mundo una bandera roja, representativa de un sublime ideal de fraternidad universal, frente a las otras enseñas que tremolan los enamorados del régimen antropófago de la piratería privada e internacional, si todavía flota una esperanza sobre el infierno de miseria y dolor de este momento, es, precisamente, porque allá en la célebre jornada de Brest-Litowsk tuvimos un Lenín pensador y realista y no declamador, no gallardeador, no de los que creen resuelto todo con sólo echarse atrás, inflar el pecho, enderezar el cuerpo y gritar con acento estridente de gallo de pelea: "Al campo, don Nuño voy, donde probaros espero, que si vos sois caballero, caballero también soy".




VOCABULARIO




 1.Maynard Keynes= John Maynard Keynes (1883-1946)= Economista británico, considerado uno de los más influyentes del siglo XX.

  2.Cuyo libro= Se refiere a Consecuencias Económicas de la Paz, publicado en 1919.

  3.Tratado de Versalles= Tratado de paz firmado en 1919 al final de la Primera Guerra Mundial entre Alemania y los Países Aliados. En una de las disposiciones se estipulaba que Alemania y sus aliados aceptasen toda la responsabilidad moral y material de haber causado la guerra y deberían pagar exorbitantes indemnizaciones económicas a los Estados victoriosos.

 4.Lugones= Leopoldo Lugones )1874-1938)= Poeta, ensayista, periodista y político argentino.

  5.La Nación= Diario de Argentina fundado en el 1870.

 6.Brailsford= Henry Noel Brailsford (1873-1958)= Destacado escritor y periodista inglés. Luego de finalizada la Primera Guerra Mundial recorrió los países vencidos en ésta y publicó dos libros, Across the Blockade(1919 y After the Peace(1920), en donde describe las deplorables condiciones de vida en esos países.

  7.Lince= Persona sagaz, astuta o perspicaz.

 8.Jingoístas= Que profesan la patriotería exaltada y propugnan la agresión contra otras naciones.

  9.Execración= Condena, reprobación, crítica.

10.Sibila= Se usa para atribuir a alguien espíritu profético o de vidente.

11.Al campo, don Nuño voy, donde probaros espero= Verso de La Venganza de Don Mendo, de Pedro Muñoz Seca, donde se satiriza el sentido del "honor" tradicional.

12.Miasmas= Emanaciones malolientes que se desprenden de materias corruptas o aguas estancadas.

13.No tiene desperdicio= Se usa irónicamente para expresar que lo aludido no puede ser peor.

14.Anodino= Pueril, vanal, trivial.

15.Se nos descuelga= Se usa cuando alguien dice algo inoportunamente o cuando ha perdido el contacto con un ambiente o ideas.

16.Tratado de Brest-Litowsk= Fue un tratado de paz firmado en 1918 entre el Imperio alemán, Bulgaria, el Imperio austrohúngaro, el Imperio otomano y la Rusia soviética.

17.Fatuo= Necio, poco inteligente.

18.Gallardeador= Se dice de la persona que de manera ostentosa hace gala de su valor.



miércoles, 20 de enero de 2016

ENSAYO SOBRE EL OPTIMISMO Y EL PESIMISMO

 





ENSAYO SOBRE EL OPTIMISMO Y EL PESIMISMO
(Artículo de 1920)


      Una de las grandes majaderías que cometen casi siempre casi todos los poetas menores, y hasta los mayores, es la de lamentarse de que la vida no sea tan arregladita y bonita como ellos la desean. Y menos mal lo de lamentarse, ya que en un arrebato lírico de dolor y desesperación de almas sinceramente exaltadas, siempre hay cierta grandeza. Pero lo que me parece el colmo de la necedad es el ponerse a filosofar gravemente sobre si la vida es buena o mala, color de rosa o negra.
      Casi todos nuestros grandes escritores de España y América, sin excluir a los más vigorosos y realistas, han caído siempre en la manía ésta de darle una tremenda importancia a la actitud que han de asumir ante la vida, si la de un negro pesimismo, o la de un rosáceo y almibarado optimismo.
      Es tiempo ya --mis reverendos señores de la majadería pesimista u optimista- de que alguien se atreva a salir a deciros que dejéis para uso de las señoritas románticas sin ocupación esa filosofía barata --de himno o de gruñido-- del llamado optimismo, o de su compadre el llamado pesimismo, tema que, además de agotado, es imbécil hasta más no poder.
      En efecto, ¿qué forma hay de perder el tiempo más lastimosamente que el ponerse a dar vueltas y más vueltas alrededor de un probrema cuya dilucidación no nos conduciría a parte alguna y que, por consiguiente, nos debe importar un comino?
      Que la vida es buena y usted la ama, o es mala y la odia... Bien... y ¿qué? ¿Qué nos cuenta usted con lo uno o con lo otro? ¿Qué se le da a la vida, a esa cosa inmensa y alucinante de que formamos parte, de que usted o yo, unos granitos de arena, la amemos o la dejemos de amar? ¿Qué diablos le importa al gran remolino vital que nos zarandea que una vocecita humana la alabe o la maldiga, la apruebe o desapruebe en lo que hace o deja de hacer?
      ¿Que le leo a usted, un optimista, y quedo convencido de que la vida es buena y sabrosa? Pues no por eso dejaré de ser un organismo en marcha, expuesto a llevarme un garrotazo y a ver las estrellas a la primera oportunidad. ¿Que leo, por el contrario, a su compadre el pesimista de las gafas negras y quedo convencido de que hago un mal negocio viviendo? Pues no por eso dejaré tampoco de ser un organismo en marcha y expuesto, por consiguiente, a que al volver la esquina me acometa un toro o un acreedor me asalte y tenga entonces que salir huyendo en defensa.. ¿de qué?... de la vida, de aquello mismo de que he renegado.
      ¡Y si siquiera determinaran diferencias reales en nuestra conducta estos dos conceptos, el optimista y el pesimista! Pero no; no hay toneladas de optimismo que me salven del efecto de un dolor de muelas, para no hablar de cosas mayores, como gangrenas, apendicitis, cólicos, paralisis, y las mil y una calamidades físicas y morales que afligen al hombre. Y, a la inversa, no hay toneladas de pesimismo que me lleven a hacer lo único sincero y lógico que debe hacer el pesimista: pegarse un tiro o tomarse un veneno.
      Quejarse, chillar, decir en verso o prosa aquí me duele... Bien: quéjese usted: sobre todo si ello le da motivo, como a Chopín, para componer cosas delicadas y bonitas. Quéjese usted, señor, pero no filosofe, porque filosofar para demostrar lo ya demostrado hasta la saciedad por Schopenhauer, y lo comprobado día tras día por los golpes que sin parar nos descarga la realidad, es una imbecilidad abominable frente a la otra imbecilidad mayor de empeñarse en que estamos en el paraíso.
      Señor optimista, una de dos; o es usted un necio, o es usted un monstruo de insensibilidad. Porque sólo un necio o un monstruo de insensibilidad, de crueldad pasiva --que es la peor de las crueldades-- puede sentirse cómodo y satisfecho ante el cuadro terrible de hambre, de brutalidad, de dolor, de crimen y de voracidad comercial que es hoy el mundo.
      Pero entonces tiene razón el pesimista al afirmar que la vida es odiosa --se me dirá-- No, amigo, no. Claro está que el pesimista ve mejor, es más sensato y afectivo que el cándido optimista, pero tan vacua es su filosofía como la del otro. ¿Por qué?
      No se le puede perdonar a nadie que presuma de pensador el que tenga una concepción tan superficial, tan pedestre, del mundo, que no vea que estamos pegados a la vida, no por la razón, sino por la voluntad, y que contra el "yo no quiero vivir" de la razón se alza siempre, imperativo y triunfante, el "yo quiero vivir" de la voluntad. Con esta voz de mando de la voluntad no cabe discutir. La pócima nos sabrá bien o nos sabrá mal, pero nos la tenemos que tragar de todos modos. Y bien flojo filósofo tiene que ser el que, rebuscando y arañando aquí, en este subterráneo mandato del instinto de vivir que da al traste con los dictados más claros y apremiantes de la razón, no acabe por vislumbrar que en nosotros y por sobre nosotros la voz de mando que dice sí y adelante dentro de nosotros es voz de infinito, voz del cosmos, de todo cuanto en nosotros y fuera de nosotros tiene un sentido de permanencia por encima del sentido fugaz e ilusorio de lo que, en un momento dado, y alucinada por estos o aquellos preconceptos, o estas y aquellas sensaciones, nos dice la razón. La flaca y segmentada razón humana, que no es más que el puntito de luz, de conciencia, de nuestra microscópica e ilusoria individualidad en el seno de la gran nebulosa de la vida universal.
      ¿No es vida todo cuanto se agita bajo nosotros y encima y alrededor y dentro de nosotros? ¿Y no somos nosotros mismos parte de esa vida? O más bien, no somos nosotros mismos la Vida, con todo lo que tiene de consciente e inconsciente, de luz y de sombra? Pues entonces, ¿cómo pretender asumir al mismo tiempo el papel de reo y de acusador, de víctima y de verdugo? ¿A qué sacar cuentas y echar balances cuando el acreedor y el deudor, el debe y el haber, son la misma cosa?
      ¡Qué mala la vida!... Sí; pero ¡qué buena! ¡qué buena cuando así y todo te agarras a ella con las raíces más recónditas y fuertes de tu ser! ¡Qué buena, sí, cuando si sabes mirar más allá de la costra de las cosas, la ves triunfar siempre, penetrándolo, venciéndolo y arrollándolo todo de tal suerte que ya dejas de ver muerte aquí y allá, para no ver en todas partes más que a ella, la Vida. Que se cae, o se seca, o se muere este árbol, y aquel otro, y aquel otro... ¿Sí? Pues asómate, asómate ahora, y mañana, y siempre, y verás el bosque --¡el bosque!-- con los mismos árboles y el mismo verdor y la misma pujanza. Que cae y muere este hombre y aquel otro y aquel otro... Pues asómate y verás en la calle principal de tu ciudad el mismo ir y venir y el mismo zumbar perenne de colmena.
      ¿Qué esto es oscuro y metafísico? Pues volvamos a la claridad, regresemos al sentido común. ¿Se puede usted ir de la vida, señor descontentadizo, aun en el caso de que su instinto vital esté tan débil que se preste --cosa inaudita-- a acatar el mandato de su pasiva razón? No; porque eso que usted llama su instinto de conservación, su voluntad de vivir, es su creencia, su raíz, idéntica a la mía y a la de todos, tan idéntica (¿no lo siente usted?), que en ella y por ella usted soy yo y yo soy usted, los dos somos la misma llama inmortal, la Vida. Y claro está que no hay bala ni puñal, ni veneno que llegue a esa raíz.
      Si pues no podemos segregarnos de la Vida, como no se puede segregar la burbuja de la onda, en lugar de lamentarnos estérilmente o de tratar en vano de rebelarnos, bajemos la cabeza ante el misterio, acatemos y reverenciemos lo que hay dentro de nosostros de indestructible y divino, y con la luz de nuestra razón y el empuje de nuestra intuición busquemos el modo de que cada aurora nos sorprenda más panetrados de su hondo sentido (el de la Vida) y más ansiosos de servirla, y amplificarla, e iluminarla dentro y fuera de nosotros.
 
 
 
 
VOCABULARIO
 
 
 
 
  1.Optimismo= Propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable.
 
 2.Pesimismo= Propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más desfavorable.

3.Majaderías= Dichos o hechos necios, imprudentes o molestos.

4.Dilucidación= Esclarecer, resolver o solucionar un asunto.

5.Alucinante= Fantástica, imponente, deslumbrante.

6.Zarandea= Que mueve una persona o cosa de un lado para otro.

7.Chopín= Fryderyk Franciszek Chopin (1810-1849)= Compositor y virtuoso pianista polaco considerado uno de los más importantes de todos los tiempos.

8.Schopenhauer= Arthur Schopenhauer (1788-1860)= Filósofo alemán. Su trabajo más famoso, "El mundo como voluntad y representación", constituye una de las cumbres del pensamiento de la doctrina filosófica conocida como pesimismo.

9.Vacua= Superficial, insustancial, intrascendente.

10.Pedestre= Simple, inculta, trivial.

11.Pócima= Se refiere a algo desagradable de beber.

12.Da al traste= Que destruye o arruina una cosa.

13.La costra= Se refiere a la superficie, a la epidermis, a lo exterior de las cosas.

14.Pujanza= Fuerza, energía, vigor.

15.Segregarnos= Apartarnos o separarnos de algo de lo que formamos parte.


 
 


miércoles, 13 de enero de 2016

LA ESTUPIDA SUPERSTICION DE LA OPERA





LA ESTUPIDA SUPERSTICION DE LA OPERA
(Artículo de 1920)




     ¡Que viene Caruso! --me han dicho por ahí hace poco, con el mismo aire de notición que si me hubieran anunciado que se caía la luna. Yo, claro está, respondí que me tenía sin cuidado que vinieran hasta dos docenas de Carusos. Pero, pensándolo bien, veo que dije mal; pues lejos de tenerme sin cuidado, la verdad es que me preocupa y me irrita de un modo atroz la aproximación a estas playas del famoso monstruo de la ópera.
     Es más; creo que si por alguna cosa corro peligro de ir a la cárcel, es por decir, o hacer, alguna barbaridad a impulsos de la cólera inmensa que me produce el triste, el abominable espectáculo, tantas veces repetido, del sinnúmero de gentes que corren, babeándose, a llenarle los insondables bolsillos al "fenómeno".
     ¿No es una atrocidad que en una época de carestía universal en que cuesta tanto trabajo, no ya el sostenerse en un plano de vida decente, o siquiera pasable, sino el mero subsistir, el arañar lo necesario para el vil comistrajo diario, le paguemos cada noche a este hombre, tan sólo por abrir la boca, tres o cuatro mil dólares? ¿En qué mundo vivimos y qué clase de animales somos que no nos damos cuenta de la infamia que cometemos cada vez que, atravesando por entre tantos desventurados niños, mujeres y ancianos que carecen de todo, vamos a vaciar nuestros bolsillos en las arcas multimillonarias de un señor ventrudo, perfectamente vulgar, que trafica en berridos? ¿Hasta cuándo, Dios mío, vamos a seguir esclavos de la odiosa y bárbara superstición de la ópera?
     Superstición he dicho, y no me arrepiento. Aparte del gran número de simplones que van a la ópera, no porque les guste, sino porque creen que deben aparentar que les gusta, y aparte también de los que concurren al espectáculo por lo que tiene de caro y de ostentoso, es lo cierto que no se concibe cómo puede haber ni siquiera un corto número de aficionados verdaderos a este arte pedestre, cuando pocas cosas quedan por el mundo con disfraz de artísticas que sean tan pesadas, tan grotescas, tan tediosas, tan insoportables y caras como la condenada ópera.
     ¡Que si no me gusta la música! Vaya que si me gusta; cuando es buena, cuando es jugosa, cuando dice algo. Y me gusta también el drama, el buen drama, el jugoso, el que dice algo. Pero ambas cosas, drama y música, nos las dan revueltas en la ópera. Y de ahí viene el que las gentes no se expliquen que uno guste de la música y del drama y no guste también de la ópera. Sin embargo, nada hay, a mi juicio, más claro y más lógico. ¿Qué es la ópera sino una mescolanza burda de un drama tonto, de un melodrama absurdo de amor o de sangre (de un necio y empalagoso amor amerengado, o de un sangriento episodio criminal de folletín), y una música hueca, efectista, chillona, amanerada y ñoña?
     Es verdad que de vez en cuando se tropieza uno aquí y allá en las óperas populares con alguno que otro trocito musical sincero e intenso, pero nadie podrá negar que esto no es la regla y que si se despoja a la ópera de lo que tiene de hojarasca, de mero lugar común musical, de recitado monótono y enfadoso, o melodía barata, artificiosa y gimoteante de organillo, nos quedamos a la luna de Valencia.
     De modo que, aun dando de barato que todas las óperas tuvieran un momento musical que valiese la pena --que no lo tienen-- ese momento está tan soterrado y escondido en un mar de bazofia, y cuesta tanto en tiempo y en dinero, que es necesario estar loco para no salir huyendo al mero anuncio de que nos van a someter al suplicio de toda una noche de ópera.
     Cuanto al tenor y a la tiple, que es lo que enloquece a las gentes, peor que peor. Un tenor, cuando es bueno --y ya se sabe que la mayoría son ahorcables y que sus estridencias lejos de agradarnos debieran espantarnos si tuviéramos nervios-- cuando es bueno, repito, no es ni más ni menos que un instrumento, algo así como un clarinete o cornetín, y es sabido que nadie se mata por escuchar un solo de ninguno de estos instrumentos. Si se los oye a los tales tenores o a las tales tiples con los aspavientos admirativos que vemos, no es ni puede ser por el mero prestigio de la voz, porque entonces un oboe o un clarinete --instrumentos de canto más puro que la garganta del mejor tenor-- provocarían los mismos aspavientos y, sin embargo, tales instrumentos por sí mismos no sacan a nadie de quicio. ¿Quién pagaría diez o doce dólares, ni siquiera cinco, por sentarse a oír tres o cuatro horas seguidas un clarinete, cornetín, oboe, o cosa por el estilo? Y sin embargo, todo el mundo se arruina por oír al gran tenor tal o cual.
     Y es que lo que se va a buscar no es la pura emoción de arte, sino el goce novelero e infantil de oír a un gran hombre que gana una barbaridad, y que la gana simplemente porque tiene una garganta anormal, como podría tener anormales los brazos o las piernas, y porque la humanidad no se ha curado aún de su afán primitivo de contemplar "fenómenos". Si el hombre tuviera ya instintos musicales refinados, iríamos al circo, no al teatro, a toparnos con el tenor, quien se nos presentaría entonces, no como el gran artista que hoy ven muchos en él, sino como a una simple curiosidad zoológica de la misma clase que la de los gigantes y enanos de la feria, la mujer gorda, el becerro de cinco patas y demás casos teratológicos.
     Y con la tiple sucede igual. ¿Qué tiple ligera puede competir, en pastosidad, color y flexibilidad de voz, con la flauta o el violín? Pero como las flautas y los violines abundan y son baratos y las tiples escasean y son caras, nadie hace caso de las flautas o violines y, en cambio, todo el mundo corre jadeante, y con las tripas --doce, catorce o más dólares-- en la mano, a babeársele de gusto a la señora tiple.
     ¡Ah, los gorgoritos! ¡Ah, la manía loca de los públicos por los dichosos gorgoritos! ¡Ah, lo caro, lo carísimo que cuesta, y lo feo, lo feísimos que son! Aspiran a remedo, a copia del gorjeo del canario y ruiseñor. Pero no logran sino una triste, infame caricatura de la voz de estos pájaros. Pero los canarios y ruiseñores abundan, y aunque sus gorgoritos "espontáneos" son a los gorgoritos "forzados" de la tiple lo que las flores de los campos son a las flores de artificio, los ruiseñores no tienen público, ni aun cantando, como cantan, de balde, en tanto que las tiples arramblan con las gentes y con el dinero de las gentes. Si éstas, si las gentes tuvieran en realidad la fina sensibilidad que fingen tener, el espectáculo ese de una señora tratando, con el tosco aparato de su garganta humana, de imitar y hasta de superar a un pájaro, a un organismo maravillosamente dispuesto para la función única de volar y de cantar, una de dos: o les indignaría como una profanación, o les parecería un alarde ridículo y digno de compasión. ¡Arte...! Si este remedo, por la tiple, del trinar del canario, es labor de arte, ¿por qué no habría de ser arte también el remedo del ladrido de un perro o del relincho de un caballo? Pero mientras estos remedos sólo inspiran risa, los remedos de la tiple entusiasman y arrebatan, cuando es lo cierto que es más grotesco y más violento y por consiguiente más risible, el esfuerzo enorme de una señora tiple (por lo general gorda) para volverse pájaro.
     Hay que convenir, pues, en que lo que atrae, lo que seduce en tiples y tenores es la curiosidad, el fenómeno acrobático, el gigante de feria, el enano, el becerro de cinco patas, la mujer gorda: todo menos la expresión pura de arte. Si así no fuera, ¿cómo se explicaría que un público como el  nuestro y como todos los de Hispano-América, que huye como alma que lleva el diablo de los conciertos, sea tan exaltadamente devoto de la ópera? Si ésta no fuera un acto social, caro y ostentoso, al extremo que no hay familia que no se sienta humillada de no ser vista en la gran solemnidad de a doce, catorce o más dólares por butaca, ¿tendría cultivadores? ¡Qué habría de tener! Sólo concurriría a ella el grupito exiguo de los verdaderos supersticiosos que aún quedan del acrobatismo laríngeo del tenor y la tiple.
     Y lo triste es que, mientras los tales tenores y tiples se pasean triunfantes de ciudad en ciudad ganando millones por abrir la boca sin haber realizado en toda su vida un solo esfuerzo verdaderamente artístico (no puede haber arte donde no hay aportación espiritual), los artistas genuinos, los que ponen sus nervios y su alma al servicio de su ardua labor, los que, pincel o pluma en mano, se afanan por ofrendar a sus semejantes una revelación, un latido más del gran enigma universal y eterno, esos ni siquiera le arrancan a la multitud un aplauso ni un mendrugo, hasta que una minoría selecta, a fuerza de paciencia y de heroísmo los impone. Y aún después de impuestos, por cada vez que a ellos les entra una peseta, al tenor o a la tiple les entra un millón.
     --Pero, --se me dirá--¿y Wagner?, ¿piensa usted lo mismo de sus óperas?
     No, no pienso igual. ¡Wagner es cosa aparte! Pero su música, más que a destruir, viene a afirmar mi tesis. Porque en Wagner la voz humana no es lo principal, sino lo secundario, lo muy secundario. El tenor y la tiple cantan en sus óperas, pero como lo que son, como instrumentos, como simples componentes de la orquesta, que es el todo, porque es la que sostiene, desenvuelve y remata el poema musical, por donde siempre corre una máxima idea o intuición, y no el chorrito tenue de agua dulce de la ópera clásica que envilece y empobrece a nuestros públicos en el instante mismo en que muchos niños, ancianos y mujeres caen desfallecidos por falta de un bocado...




VOCABULARIO




  1.Caruso= Enrico Caruso (1873-1921)= Tenor italiano, el más famoso del mundo en la historia de la ópera.

  2.Comistrajo= Mezcla de poca calidad de alimentos.

  3.Bárbara= Grosera, burda, inculta.

  4.Superstición= Valoración excesiva respecto de algo.

  5.Pedestre= Vulgar, ordinario, chabacano.

  6.Jugosa= Interesante, valiosa, estimable.

  7.Mescolanza= Mezcla extraña y confusa, y algunas veces ridícula.

  8.Folletín= Novela de tono melodramático y argumento generalmente inverosímil.

  9.Efectista= Que busca ante todo causar gran impresión en el ánimo.

10.Ñoña= Sensiblera, blandengue, remilgada.

11.A la luna de Valencia= Se aplica a quienes, por estar despistados, no se enteran de lo que ocurre a su alrededor.

12.Dando de barato= Se usa para indicar que se concede algo  para no entorpecer el fin principal que se pretende.

13.Soterrado= Escondido de tal modo que no parezca.

14.Bazofia= Cosas de mala calidad, despreciables.

15.Tiple= Persona que tiene la más aguda de las voces humanas.

16.Aspavientos= Demostraciones exageradas de sentimientos.

17. Goce novelero= Deleite que produce el curiosear entre las cosas que acaban de aparecer.

18.Curiosidad zoológica= Animal que llama la atención por exhibir alguna característica anómala.

19.Teratológicos= Perteneciente o relativo a las anomalías de los animales o vegetales.

20.Pastosidad= Calidad de la voz sin resonancias metálicas y agradable al oído.

21.Gorgoritos= Quiebros que se hacen con la voz, especialmente al cantar.

22.Remedo= Imitación o copia de una cosa.

23.De balde= Gratis.

24.Arramblan= Que lo arrastran todo. Que desvalijan.

25.Exiguo= Mínimo, insignificante, escaso.

26.Wagner= Wilhelm Richard Wagner (1813-1883)= Compositor y director de orquesta alemán.